Por Gustavo Guitera, Digital Enterprise manager en Siemens Sudamérica sin Brasil


Cada vez que una nueva tecnología irrumpe con fuerza, resurgen las mismas preguntas: ¿desaparecerán determinados empleos? ¿Seguirá teniendo sentido estudiar informática o ingeniería de sistemas cuando la inteligencia artificial ya es capaz de escribir código de manera rápida y eficiente?
Sí, seguirá teniendo sentido. Pero las capacidades que necesitarán estos profesionales serán distintas.
La inteligencia artificial está modificando profundamente el desarrollo de software. Hoy, gran parte del tiempo de un programador se destina a escribir, revisar y corregir código, tareas que cada vez más podrán apoyarse o automatizarse con herramientas basadas en IA. Sin embargo, el valor del desarrollo tecnológico nunca estuvo únicamente en programar. Está también en comprender los problemas del negocio, interpretar las necesidades de los clientes, diseñar arquitecturas robustas y tomar decisiones a partir del contexto.
El criterio y la experiencia adquieren así mayor peso en el rol del desarrollador. Son capacidades que requieren pensamiento crítico, conocimiento de los procesos que se pretende transformar y comprensión de los límites éticos, legales y de gobierno de la tecnología.
La transformación recuerda lo ocurrido con el diseño industrial tras la llegada del software CAD. Los planos técnicos no desaparecieron; cambió la forma de crearlos y, sobre todo, las capacidades necesarias para desarrollarlos. El valor dejó de concentrarse en la ejecución manual y pasó también a la posibilidad de diseñar mejor, simular, iterar, validar y conectar el diseño con la fabricación, la operación y el ciclo de vida del producto.
Con la inteligencia artificial puede ocurrir algo similar. El desarrollo de software no dejará de existir, pero exigirá nuevas competencias y una mentalidad orientada al aprendizaje continuo. Se necesitarán profesionales capaces de trabajar junto a la IA, formular mejores preguntas, validar respuestas, entender sus limitaciones, integrar herramientas y convertir capacidades tecnológicas en soluciones concretas para las organizaciones.
Este cambio representa un desafío tecnológico, pero también cultural. Las organizaciones deberán promover una cultura de actualización permanente, en la que el upskilling y el reskilling formen parte del trabajo cotidiano. Aprender, desaprender y volver a aprender será tan importante como mantener actualizado el conocimiento técnico.
Al mismo tiempo, la aparición de herramientas basadas en IA plantea otro debate: ¿podemos confiar en software generado por inteligencia artificial? El error no es exclusivo de estos sistemas. Durante décadas, el software desarrollado por personas también ha presentado fallas, vulnerabilidades y errores de programación. Lo que ha permitido construir sistemas confiables no ha sido la ausencia absoluta de errores, sino la existencia de procesos rigurosos de validación, pruebas y mejora continua.
Esperar a que la inteligencia artificial sea perfecta antes de incorporarla sería perder una enorme oportunidad de innovación. El verdadero desafío consiste en utilizarla de manera responsable, complementando sus capacidades con supervisión humana, gobernanza y mecanismos sólidos de control de calidad.
El siguiente paso será integrarla cada vez más dentro de los procesos y flujos de trabajo de las organizaciones. Hoy ya vemos agentes de IA incorporándose a herramientas empresariales; a medida que aumenten la confianza y las capacidades, será posible rediseñar procesos completos y desarrollar nuevas formas de colaboración entre personas y agentes inteligentes.
Por eso, la pregunta no debería ser únicamente si vale la pena estudiar informática en la era de la inteligencia artificial. La discusión está también en qué tipo de profesionales serán necesarios para liderar esta transformación. Todo indica que serán aquellos capaces de combinar conocimiento técnico con pensamiento crítico, creatividad, visión de negocio y capacidad para trabajar junto a la IA y convertirla en un aliado para resolver problemas cada vez más complejos.






























